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El nuevo ciclo extractivo: tierras raras en Ñuble y la amenaza de convertir Malleco en una zona de sacrificio verde

5 de julio de 2026• Vladimir Zurita
El nuevo ciclo extractivo: tierras raras en Ñuble y la amenaza de convertir Malleco en una zona de sacrificio verde

La transición energética, esa promesa global de descarbonización que moviliza billones de dólares y voluntades políticas, está revelando un rostro incómodo en el centro-sur de Chile. Lo que se presenta como el camino hacia un futuro limpio esconde, bajo el discurso verde, el mismo impulso extractivo que durante décadas ha definido la relación del capital con nuestros territorios. Las tierras raras —esos 17 minerales indispensables para turbinas eólicas, vehículos eléctricos y dispositivos electrónicos— son el nuevo botín. Y Ñuble, junto a Malleco y Biobío, se dibujan como la próxima frontera de sacrificio en el mapa minero chileno.

La empresa NeoRe, controlada por el holding Chilean Cobalt, ha solicitado concesiones de exploración sobre más de 600 hectáreas en la costa de Ñuble. Lo que los titulares corporativos presentan como una oportunidad de "desarrollo sostenible" y "minería responsable" contrasta abruptamente con las alertas que ya emergen desde organizaciones territoriales como "Llamas Verdes" en Angol y Collipulli. La sospecha, cada vez más fundada, es que los parques eólicos que se expanden por la cordillera de la costa no son solo proyectos de energía limpia, sino la avanzada de un nuevo ciclo extractivo. Bajo los aerogeneradores podría esconderse la explotación de un subsuelo rico en esos minerales críticos que el Norte Global necesita desesperadamente para mantener su ritmo de consumo tecnológico.

El mapa de los actores: NeoRe y la fiebre de las tierras raras

Las concesiones solicitadas por NeoRe ante el Servicio Nacional de Geología y Minería (Sernageomin) marcan un hito: son las primeras de gran escala enfocadas específicamente en tierras raras en esa zona del país. Según la información disponible en los expedientes de Sernageomin, los trámites se encuentran en etapa de exploración, una fase legalmente menos exigente que la explotación pero que ya genera incertidumbre sobre los impactos potenciales en ecosistemas costeros frágiles y comunidades locales.

Chilean Cobalt, la matriz de NeoRe, es un actor que ha sabido moverse en los intersticios de la política minera nacional. Su historial incluye proyectos en el norte chico que prometían cobalto para baterías y terminaron entrampados en conflictos por uso de agua y consulta indígena. Ahora, con las tierras raras, el discurso se sofistica: ya no se habla solo de minería, sino de "minerales para la transición energética global". El giro semántico es relevante porque permite a estas empresas posicionarse como aliadas de la lucha contra el cambio climático, mientras sus métodos de prospección y eventual extracción repiten el guion extractivista clásico: capitales foráneos, beneficios fiscales acotados y externalización de los costos ambientales y sociales.

Fachadas verdes y territorios en alerta: el caso de "Llamas Verdes"

En Angol y Collipulli, la organización "Llamas Verdes" ha sido la primera en levantar la voz. Su denuncia, documentada en un reportaje publicado por El Ciudadano, apunta a un patrón que se repite: parques eólicos que se instalan con rapidez y luego abren paso a exploraciones mineras en los mismos polígonos. La figura no es nueva: en otras latitudes se ha documentado cómo los aerogeneradores sirven como cobertura legal y logística para acceder a territorios cuyo verdadero valor está bajo tierra.

Las comunidades mapuche y campesinas de la zona enfrentan una encrucijada perversa. Por un lado, se les promete energía limpia, empleo y regalías; por otro, se les amenaza con transformar sus territorios en "baterías para proyectos mineros", como lo expresaron dirigentes de la zona. La frase no es una hipérbole: las tierras raras requieren procesos de separación y refinamiento que demandan enormes cantidades de agua y generan residuos tóxicos, en particular elementos radiactivos como el torio y el uranio, que suelen estar asociados a estos depósitos minerales.

El caso de Malleco y Biobío no es aislado. En la región de La Araucanía también se reportan movimientos similares, configurando un corredor extractivo que abarca desde el Maule hasta el Biobío. La pregunta que surge es si estamos ante un plan coordinado o frente al clásico comportamiento de mercado que, atomizado, responde a señales globales de alta demanda.

Lecciones del norte: zonas de sacrificio y la ausencia de un marco protector

Chile conoce bien la dinámica de las zonas de sacrificio. Caletas pesqueras contaminadas, suelos agrícolas envenenados, comunidades desplazadas y enfermedades crónicas son el saldo de décadas de minería e industrias contaminantes en el norte. El Observatorio de Conflictos Mineros en Chile (OCMAL) ha mapeado más de 150 conflictos activos, la mayoría concentrados en regiones donde la institucionalidad ambiental llegó tarde y mal.

¿Qué ha cambiado desde entonces? Muy poco, si se observa con atención. El marco regulatorio para las tierras raras es prácticamente el mismo que para cualquier otro mineral: el Código de Minería, que data de la dictadura y sigue otorgando concesiones judiciales sin evaluación ambiental integral en la etapa de exploración. El Servicio de Evaluación Ambiental (SEA) solo interviene cuando el proyecto entra en fase de explotación o si la exploración implica actividades que, por su envergadura, requieren estudio. Pero la frontera es difusa, y los proponentes suelen segmentar sus iniciativas para eludir la evaluación temprana.

La urgencia económica opera como un mantra que desarma cualquier intento de regulación preventiva. El argumento es conocido: el mundo necesita estos minerales; Chile no puede quedarse atrás; hay que aprovechar la ventana de oportunidad del mercado. Esa misma lógica llevó a sacrificar ecosistemas completos en el norte, y ahora amenaza con repetir el desastre en el centro-sur, con el agravante de que se trata de territorios con mayor densidad poblacional, riqueza agrícola y forestal, y una historia de conflictos por la tierra que está lejos de resolverse.

Un nuevo ciclo, la misma lógica

El apetito por las tierras raras revela la continuidad del modelo primario-exportador que ha caracterizado a Chile por siglos. La promesa verde no transforma la estructura subyacente: cambia el producto, pero mantiene intacta la orientación hacia la extracción de recursos naturales para alimentar cadenas globales de valor controladas desde otros continentes. El valor agregado, el desarrollo tecnológico y la diversificación productiva siguen siendo quimeras.

Mientras las concesiones avanzan en los escritorios de Sernageomin, las comunidades de Ñuble, Malleco y Biobío observan con justificada desconfianza. El discurso del progreso ya ha mostrado demasiadas veces su verdadero rostro: no es inclusión ni desarrollo local, sino concentración de beneficios para unos pocos a costa del despojo y la degradación de los bienes comunes. La transición energética, si no se somete a un debate democrático profundo sobre quién decide, para quién y a qué costo, corre el riesgo de convertirse en una nueva coartada para el viejo extractivismo.

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Fuentes consultadas / sugeridas:

- DF Diario: cobertura sobre NeoRe, las 600 hectáreas solicitadas en Ñuble y la industria de tierras raras.

- El Ciudadano: reportaje sobre las alertas en Angol y Collipulli, y la conexión con parques eólicos.

- Servicio Nacional de Geología y Minería (Sernageomin): expedientes de concesiones mineras en trámite.

- Observatorio de Conflictos Mineros en Chile (OCMAL): mapa de conflictos socioambientales y contexto del extractivismo en Chile.

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