Regional

El precio de calefaccionarse: la contaminación por leña y la crisis de salud que se hereda

18 de julio de 2026• Vladimir Zurita
Ciudades del sur de chile sufriendo altos indices de contaminacion por leña

Mientras el sur de Chile enfrenta uno de los sistemas frontales más grandes de los últimos años —con vientos sobre 100 km/h, cortes de suministro eléctrico y anegamientos que afectan desde Coquimbo hasta La Araucanía—, millones de familias se ven obligadas a refugiarse del frío con la misma herramienta que las enferma: la leña húmeda. Esta semana, Osorno amaneció bajo Emergencia Ambiental y Coyhaique registró niveles de material particulado fino (PM2.5) que triplicaban el umbral de preemergencia, según reportó CIPER Chile. La escena se repite cada invierno con la puntualidad de un ritual invernal: prohibición de humos visibles, suspensión de actividad física escolar, recomendaciones de mascarilla para adultos mayores y embarazadas.

Pero la fotografía que los medios registran año tras año oculta una realidad más profunda y silenciosa. Como advierte la columna publicada por CIPER Chile, la ciencia comienza a revelar que el humo de la leña no solo causa enfermedades respiratorias inmediatas: podría estar condicionando, silenciosamente, la salud y el desarrollo de las futuras generaciones. No es una crisis romántica de «cultura de la leña», sino un problema estructural de pobreza energética cuyas consecuencias se pagan en la biología de quienes hoy están gestando, naciendo o aprendiendo en las ciudades más afectadas del país.

La ciencia que no queremos ver: cuando respirar daña el cerebro

Lo que rara vez se discute con el mismo nivel de detalle que las cifras de calidad del aire es qué le ocurre al organismo humano durante los meses en que esa fotografía se repite. La evidencia científica recopilada por CIPER Chile apunta a un costo mucho más profundo que las enfermedades respiratorias: el humo de la leña podría estar afectando el desarrollo neurológico de niños y niñas expuestos desde la gestación.

Este no es un hallazgo aislado. Investigaciones del Centro de Ciencia del Clima y la Resiliencia (CR2) y del Departamento de Salud Pública de la Universidad de Chile han documentado los efectos de la contaminación atmosférica en ciudades del sur, estableciendo vínculos entre la exposición a material particulado fino y alteraciones en el desarrollo cognitivo. La pregunta que emerge es inquietante: ¿estamos frente a una «emergencia cognitiva» que se superpone a la emergencia climática?

El contexto nacional agrava esta interrogante. Mientras en el sur los niños respiran aire saturado de PM2.5, un reportaje de The Clinic advierte sobre un «silencioso colapso cognitivo» en el sistema educacional chileno: estudiantes universitarios que ya no pueden leer textos complejos, docentes que deben acortar las lecturas para que sean comprendidas, y un país donde solo el 2% de la población logra evaluar a fondo un libro largo. La conexión no es causalidad directa —sería científicamente irresponsable afirmarlo sin estudios específicos—, pero sí revela un patrón de desigualdad estructural donde los mismos territorios que sufren mayor contaminación atmosférica son también los más rezagados en indicadores educacionales y de desarrollo social.

La columna de CIPER es clara al señalar que la regulación sobre uso de leña húmeda todavía no se implementa de manera plena. La razón esbozada revela la contradicción que paraliza cualquier política pública efectiva: este combustible es parte de la identidad cultural y económica de muchas comunidades del sur. Es una tensión legítima, pero que no se resuelve solo con prohibiciones ni con recomendaciones de mascarilla en días de preemergencia.

La trampa energética: subsidios millonarios que no apagan el humo

¿Por qué, pese a los millonarios subsidios y programas de recambio, la matriz energética residencial del sur sigue atada a la leña? La respuesta no está en la nostalgia cultural, sino en la materialidad de la pobreza energética.

El mismo sistema frontal que esta semana azota al país con inundaciones y cortes de caminos —concentrando sus mayores efectos en zonas costeras de Biobío y La Araucanía, según reportó Diario Financiero— evidencia la fragilidad de la infraestructura eléctrica en los territorios más vulnerables. Las distribuidoras eléctricas trabajan contrarreloj para reponer el suministro, pero la intermitencia del servicio en invierno convierte a la leña no en una opción, sino en la única certeza de calefacción para millones de hogares.

A esto se suma una economía informal de la leña que opera con escasa regulación. Los vendedores de leña no certificada proliferan en un mercado donde el acceso a leña seca y de calidad sigue siendo un privilegio económico. La industria forestal, por su parte, ha encontrado en este mercado residencial un sumidero para sus excedentes, perpetuando un ciclo donde la externalización de los costos sanitarios recae sobre las familias más pobres.

Los programas de recambio de calefactores, aunque necesarios, han mostrado límites evidentes. El presupuesto del programa «Calefacción Sustentable» del Ministerio de Energía compite contra una realidad donde la aislación térmica de las viviendas sigue siendo deficiente y donde el costo de alternativas como la electricidad o el gas resulta prohibitivo para economías familiares ya tensionadas por la inflación y el desempleo.

¿Cambiar un combustible por otro o transformar el modelo?

La solución neoliberal al problema de la contaminación por leña ha sido siempre la misma: electrificar. Cambiar un combustible por otro, confiando en que el mercado ajustará precios y en que la tecnología resolverá lo que la política no se atreve a enfrentar. Pero esta mirada ignora la realidad socioeconómica del sur y evade las preguntas de fondo.

¿Qué tipo de electrificación? Si la matriz energética chilena sigue dependiendo de fuentes fósiles o de grandes proyectos hidroeléctricos administrados por corporaciones transnacionales, el recambio de calefactores no hace más que trasladar el problema de contaminación local a otra escala, sin resolver la dependencia estructural. Peor aún: si el costo de la electricidad sigue siendo inalcanzable para las familias que hoy compran leña húmeda porque es lo único que pueden pagar, la electrificación forzada se convierte en una nueva forma de exclusión energética.

Lo que la evidencia científica exige —y lo que la columna de CIPER plantea con claridad— es una política de vivienda y energética integral con horizonte de justicia territorial. Eso implica aislación térmica masiva de viviendas, acceso a leña certificada y seca a precios competitivos mientras se transita hacia alternativas, y una comprensión pública de que el costo de este contaminante no se mide únicamente en índices de calidad del aire, sino en la biología de quienes hoy están gestando, naciendo o aprendiendo en las ciudades más afectadas del país.

La contaminación por leña en el sur de Chile no es un problema técnico pendiente de una solución ingenieril. Es la manifestación concreta de un modelo de desarrollo que concentra la riqueza forestal, privatiza los recursos energéticos y externaliza los costos sanitarios hacia los mismos territorios que han sido históricamente sacrificados. Cada episodio de emergencia ambiental, cada niño que crece respirando aire tóxico, es el precio que el sur paga para calefaccionarse. Y la factura, como advierte la ciencia, la pagarán también las próximas generaciones.

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