El "Shock" de Kast: ¿Cirugía necesaria o un guion para las élites?

Apenas han pasado tres semanas desde que José Antonio Kast asumió la presidencia de Chile y el país ya experimenta un cambio de piel. Con una velocidad que emula los primeros días de Javier Milei en Argentina y la retórica de soberanía de Donald Trump, el nuevo Ejecutivo ha desplegado una batería de medidas de shock que prometen "ordenar la casa". Sin embargo, tras los anuncios de eficiencia y libertad económica, comienza a dibujarse una realidad asimétrica: una hoja de ruta donde el sacrificio tiene rostro de trabajador y los beneficios, nombre de directorio.
La redistribución del sacrificio
El núcleo del descontento no radica solo en el "qué" se está haciendo, sino en el "a quién" afecta. La estrategia económica de Kast se sostiene sobre una premisa de goteo (trickle-down economics) que, en la práctica, está operando como una transferencia de la carga financiera desde la cúspide hacia la base social.
1. El alivio tributario: Un traje a la medida de Sanhattan
La medida estrella del Ejecutivo ha sido la reducción del Impuesto Corporativo del 27% al 23%. Mientras el discurso oficial defiende que esto atraerá inversión y creará empleos, la lectura inmediata es matemática pura: un alivio de caja directo para las grandes empresas y los sectores más acaudalados del país.
Al reintegrar el sistema tributario, se elimina la progresividad que buscaba que quienes más ganan, más aporten. En un Chile que aún no cicatriza sus brechas de desigualdad, este "regalo" fiscal a las élites económicas se siente como una bofetada para quienes esperan mejoras en los servicios públicos.
2. El "Impuesto a la Distancia": El fin de los subsidios
Mientras las empresas celebran rebajas impositivas, la clase trabajadora enfrenta el "Efecto Motosierra" en sus bolsillos. El recorte agresivo a los subsidios estatales ha disparado el precio de los combustibles: 30% en gasolinas y hasta un 60% en el diésel.
Este no es un problema de quienes tienen auto; es un golpe al costo de la vida. Para el trabajador que vive en la periferia y depende del transporte público o para el feriante que debe costear el flete de sus productos, este aumento es un impuesto indirecto que devora el salario real. Mientras la élite puede absorber el alza de costos, la clase trabajadora ve cómo el precio del pan y las hortalizas sube por decreto.
La precarización como "Eficiencia"
El guion de Kast no se detiene en los impuestos; avanza hacia la estructura misma de la dignidad laboral. Bajo el rótulo de "flexibilidad", las propuestas de contratos por hora y la modificación de las indemnizaciones por años de servicio apuntan a un solo objetivo: reducir el costo de despido.
Incertidumbre laboral: Para un joven de clase media-baja, el contrato por hora no es libertad, es la imposibilidad de planificar un arriendo o un crédito.
Desprotección: El sistema de "cuentas individuales de despido" traslada la responsabilidad de la seguridad laboral al trabajador, permitiendo que las empresas ajusten sus plantillas con la misma facilidad con la que se cambia un insumo de oficina.
El "Tijeretazo" al bienestar público
Finalmente, el recorte de US$6.000 millones en el gasto público impacta áreas de las que las élites no dependen. Quienes tienen acceso a salud privada y educación de élite no sentirán el recorte del 3% en el presupuesto operativo de los ministerios. Sin embargo, para el usuario de la salud pública o el estudiante que depende de la gratuidad —hoy bajo amenaza de estancamiento—, el "gasto innecesario" del Estado es, en realidad, su única red de protección.
Conclusión: ¿Un milagro o una fractura?
Chile ha entrado en un laboratorio político de alto riesgo. El gobierno de José Antonio Kast apuesta a que el crecimiento económico futuro justifique el dolor presente. Pero la historia reciente nos enseña que las políticas de shock que ignoran la equidad suelen terminar en fracturas sociales difíciles de reparar.
Si el "modelo de libertad" solo libera los márgenes de utilidad de las grandes empresas mientras encadena el poder adquisitivo de la clase trabajadora, no estaremos ante un nuevo milagro económico, sino ante la repetición de un guion que Chile ya conoce y que, en 2019, demostró tener un final amargo.
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