La fábrica de las mayorías espectrales - De la vieja persuasión a la manipulación por saturación

La propaganda del siglo XX era, en el fondo, una apelación a la fe. Con sus afiches de trazo heroico, sus consignas contundentes y sus desfiles multitudinarios, la persuasión política tradicional asumía que enfrente había una conciencia susceptible de ser convertida. Se buscaba seducir al ciudadano, convencerlo de una doctrina, incitarlo a una causa. Existía una simetría básica: un emisor reconocible le hablaba a un receptor que decidía creer o disentir.
Hoy asistimos al colapso de esa arquitectura. El destape de las operaciones vinculadas al caso Cerimedo y la revelación de la escala alcanzada por las granjas de bots no marcan un perfeccionamiento de la propaganda, sino su mutación ontológica. La posverdad botificada no pretende persuadir; su objetivo es fabricar la ilusión de un consenso.
Cuando una red de cuentas automatizadas transforma una falsedad en tema de tendencia (Trending Topic), no está debatiendo una idea: está simulando la voz del pueblo. Las granjas de cuentas automatizadas actúan como una orquesta de espectros digitales que ocupan la plaza pública antes de que los ciudadanos reales puedan siquiera llegar a ella. Explotan con precisión matemática uno de los sesgos más primitivos de la psicología humana: la necesidad de pertenencia. Ante la marea incesante de una masa que parece indignarse o celebrar en unísono, la mente individual cede. El usuario común no se convence por la fuerza de los argumentos, sino por la aparente contundencia del número.
Allí radica la diferencia sustancial entre la mentira tradicional y la fake news potenciada por algoritmos. La mentira clásica buscaba sustituir un hecho por otro; la mentira algorítmica busca agotar la capacidad misma de prestar atención. Satura el flujo de conversación hasta que la verdad, lenta por naturaleza, queda sepultada bajo toneladas de ruido orquestado. La realidad deja de ser un territorio firme para convertirse en un terreno movedizo dictado por la capacidad de cómputo y el presupuesto de un operador digital.
El filósofo Byung-Chul Han advierte que la información ya no es informativa, sino performativa. En la era del algoritmo, la noticia falsa potenciada por bots no describe el mundo: lo produce. Cuando el debate político es secuestrado por esta simulación, la esfera pública se vacía de contenido. El ciudadano pasa de ser un sujeto del debate a un mero espectador empujado a reaccionar ante estímulos prefabricados.
El desafío de nuestro tiempo, por lo tanto, supera la simple regulación de algoritmos o la verificación de datos. Se trata de una batalla cultural por la recuperación del espacio común. Si la posverdad botificada convierte la vida pública en un teatro de sombras, la tarea intelectual y comunitaria consiste en volver a encontrarnos en los hechos compartidos, rechazando las mayorías ficticias que se compran con código y se venden como opinión pública.
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