Cultura

La grieta irreparable: Marx, Chico Mendes y el robo a la naturaleza

15 de julio de 2026• Vladimir Zurita
Imagen que representa la "fractura metabolica"

Existe un mito persistente, cultivado por sus críticos y a veces por sus propios seguidores, que retrata a Karl Marx como un obsesionado exclusivo con las fábricas, las chimeneas y el desarrollo de las fuerzas productivas a cualquier costo. Nada más lejos de la realidad. Si uno se sumerge en las páginas de El Capital, se encuentra con un pensador profundamente preocupado por la tierra, los bosques y los ciclos de la vida. Marx, de hecho, fue un pionero del pensamiento ecológico.

Para entender su visión, hay que comprender un concepto que utilizó recurrentemente: el metabolismo (en alemán, Stoffwechsel). Marx entendía que el trabajo humano es, en esencia, el proceso mediante el cual regulamos nuestro intercambio metabólico con la naturaleza. Durante siglos, las sociedades humanas, con sus limitaciones y tragedias, mantuvieron un ciclo relativamente armónico. Lo que se extraía del suelo para alimentarnos o vestirnos, retornaba a él, cerrando el ciclo de la fertilidad.

La irrupción del modo de producción capitalista, sin embargo, introdujo una violencia sin precedentes en este equilibrio secular. La lógica de la acumulación infinita exigía romper los ciclos naturales. Marx observó con horror cómo la agricultura industrial británica del siglo XIX funcionaba como un "sistema de robo". Al concentrar a la población en las ciudades, los nutrientes de los alimentos viajaban cientos de kilómetros para terminar contaminando los ríos urbanos en lugar de volver al campo. El suelo se agotaba, y la "solución" del capital no era restaurar el ciclo, sino saquear otros territorios (como las islas del guano en Perú) para parchar el desastre.

Marx sentenció que la gran industria y la agricultura capitalista generan una "grieta irreparable en el proceso interdependiente del metabolismo social". Y aquí radica la genialidad de su análisis: el robo a la naturaleza y el robo al trabajador no son dos problemas distintos, sino dos caras de la misma moneda. El capital socava simultáneamente "las fuentes originales de toda riqueza: el suelo y el trabajador".

A más de un siglo de distancia, esa grieta se ha convertido en un abismo. Y fue un luchador popular latinoamericano, el brasileño Chico Mendes, asesinado en 1988 por defender la Amazonía, quien supo traducir esta realidad a una frase demoledora: "El ecologismo sin lucha de clases es solo jardinería".

Mendes entendía lo que muchos "salvadores del planeta" de escritorio parecen ignorar: no se puede defender un bosque sin defender a quienes viven de él, no se puede proteger un río sin enfrentar a las empresas que lo envenenan, no se puede hablar de naturaleza sin hablar de territorio, y de territorio sin hablar de poder. El ecologismo que se limita a plantar árboles mientras el agronegocio avanza sobre los bosques nativos es, efectivamente, jardinería. Un gesto estético que deja intacta la estructura que produce la destrucción.

¿Qué nos dice esto hoy, en nuestra cultura contemporánea? Nos dice que la crisis ecológica que vivimos no es un "error de cálculo" ni una falta de regulación. Es la característica central del sistema. Culturalmente, el capitalismo nos ha impuesto una mirada mutilada: nos enseñó a mirar un bosque y ver "madera", a mirar un río y ver "recursos hídricos", a mirar la tierra y ver "commodities". Nos arrebató la capacidad de sentirnos parte de un metabolismo mayor.

Frente a esto, las soluciones puramente tecnocráticas o los mercados de carbono son solo intentos de seguir mercantilizando la grieta. La verdadera cultura emancipadora, la que propone una salida al desastre, debe ser capaz de sanar esa fractura. Solo una sociedad organizada por y para la vida, y no para la ganancia, podrá regular ese metabolismo entre la humanidad y la tierra "con el menor gasto de energía y en las condiciones más dignas y adecuadas para la naturaleza humana".

Defender el territorio, defender el agua y el aire, es la forma más elevada de la lucha de clases en el siglo XXI. Porque no hay revolución social posible si la casa donde habitamos se quema. Y porque, como nos enseñaron Marx y Chico Mendes, no hay ecologismo real si no es con los de abajo.

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