La herencia de la precariedad: Cuando la pobreza es un "regalo" de 60 millones de dólares

20 de abril de 2026• Vladimir Zurita
La herencia de la precariedad: Cuando la pobreza es un "regalo" de 60 millones de dólares

El discurso público suele ser un campo minado de metáforas, pero pocas veces nos encontramos con una construcción tan desconectada de la realidad material como la que ha planteado recientemente la Ministra de Ciencias, Ximena Lincolao. Al afirmar que la pobreza fue uno de sus "mejores regalos", la autoridad no solo incurre en una lectura romántica de la privación, sino que lanza una bofetada estadística a un país donde el hambre y la incertidumbre no son anécdotas de formación personal, sino condenas cotidianas.

Esta visión resulta especialmente chocante cuando se contrasta con la biografía financiera de quien la emite. Mientras la ministra evoca su pasado desde un presente resguardado por un patrimonio de 60 millones de dólares —una cifra que, al cambio actual, supera los 53 mil millones de pesos chilenos—, el Chile real se ve obligado a apretar el cinturón ante recortes presupuestarios que afectan directamente la calidad de vida de las mayorías. No estamos ante una simple crítica a la acumulación de riqueza, sino ante una legítima duda sobre la representatividad y la empatía política en la gestión del Estado.

El abismo de las cifras es elocuente y desmiente cualquier intento de idealizar la carencia. Según los datos de la encuesta CASEN 2024, el 65% de los trabajadores en Chile percibe ingresos inferiores a los 750 mil pesos mensuales. Esta cifra, que parece abstracta en un balance ministerial, adquiere una crueldad aritmética al enfrentarla con el costo de la vida: un hogar promedio de tres personas requiere al menos 796 mil pesos para no ser considerado pobre. Es decir, la mayoría de quienes sostienen la economía del país no logran, con su esfuerzo diario, sacar a su familia de la vulnerabilidad.

Decir que la pobreza es un "regalo" implica sugerir que la falta de recursos funciona como un campo de entrenamiento para el carácter o el éxito. Sin embargo, para la mayoría de las y los trabajadores chilenos, la pobreza no es un trampolín, sino un lastre que limita el acceso a la salud, perpetúa el hacinamiento y anula cualquier capacidad de planificación a largo plazo. Cuando el Gobierno justifica recortes en áreas críticas, el mensaje de Lincolao se vuelve peligroso: si la privación es una experiencia fortalecedora, se debilita la urgencia ética de erradicarla.

La política requiere sensibilidad, pero, por sobre todo, requiere un baño de realidad. No podemos permitir que la gestión pública se transforme en un taller de autoayuda donde la precariedad se vista de oportunidad para el crecimiento personal. Chile no necesita ministros que agradezcan haber sido pobres desde la comodidad de una fortuna inalcanzable para el ciudadano común; necesita autoridades que entiendan que la pobreza es una vulneración de derechos fundamentales que debe ser eliminada, no recordada con nostalgia desde el privilegio.

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