Opinión

La máscara caída: el retorno a las esencias de la derecha chilena

12 de abril de 2026• Vladimir Zurita
La máscara caída: el retorno a las esencias de la derecha chilena

A escasos meses de que la administración de José Antonio Kast asumiera la conducción del país, las dudas sobre la naturaleza de su proyecto parecen haberse disipado. Lejos de las promesas de cohesión social, los primeros hitos de su gestión han desnudado una realidad persistente en la historia política nacional: una derecha que mantiene una relación instrumental con la democracia y una desconexión estructural con la realidad de las mayorías trabajadoras.

Este fenómeno no es azaroso. Desde el quiebre institucional de 1973 hasta las complejas negociaciones de la transición, ciertos sectores del poder económico y político han tutelado la democracia como un escenario utilitario: válido mientras garantice estabilidad para la acumulación, pero prescindible cuando el conflicto social interpela al modelo. Hoy, la retórica se repite con una inercia preocupante. Bajo los conceptos de “orden” y “disciplina fiscal”, se intenta normalizar la precariedad laboral y el desfinanciamiento de lo público, rotulando cualquier demanda de dignidad como una distorsión del sistema. En esta lectura, la democracia se reduce al rito electoral, vaciándose de su contenido sustantivo: la redistribución y la garantía de derechos sociales.

La prueba más elocuente de esta brecha no es un dato estadístico, sino una declaración de principios. Ante las actuales tensiones económicas, la equiparación desde el Ejecutivo entre las dificultades de las élites —como el aplazamiento de viajes o estudios en el extranjero— y la crisis de supervivencia de las familias chilenas, no debe leerse como un mero desliz retórico. Es un síntoma estructural. Quien ignora la aritmética básica de la cuenta del supermercado o el peso del pasaje en el presupuesto mensual, difícilmente podrá gobernar con un sentido de realidad. Presentar la restricción del lujo como un sacrificio equivalente a la carencia de lo esencial revela una ceguera social profunda.

En este escenario, el alza sostenida de los combustibles deja de ser una variable macroeconómica abstracta para convertirse en el factor que asfixia la economía popular. El incremento en el transporte y la logística no solo golpea a las pymes, sino que inflama el costo de la canasta básica. Para la clase trabajadora, el dilema no es estético ni de estatus; es la decisión cotidiana entre alimentación, salud o servicios básicos. Mientras tanto, desde el poder se naturaliza la austeridad ajena como un "costo necesario" para el equilibrio de las cifras.

La Chispa Sur sostiene, por vocación, el compromiso de nombrar aquello que el discurso oficial intenta omitir. Los primeros meses de este ciclo político no han traído sorpresas, sino confirmaciones: un proyecto que no busca transformar la desigualdad, sino administrarla para blindar privilegios.

Frente a la consolidación de este modelo, la respuesta no puede ser la resignación. La defensa de la democracia no se mide por la solidez de los balances empresariales, sino por la dignidad de quienes la sostienen con su trabajo diario. Hoy, más que nunca, la memoria y la organización son los únicos antídotos contra el vacío de los derechos. La chispa debe mantenerse encendida.

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