Internacional

No solo matan: borran. Gaza, el pueblo al que quieren dejar sin aulas y sin testigos

16 de septiembre de 2026• Vladimir Zurita
Ilustración que muestra un salon de clases vacio

En Gaza ya no solo se cuentan los muertos. Se cuentan las aulas que no existen. Según el ministro palestino de Educación, Amjad Barham —cifras recogidas por El Ciudadano—, más del 90% de las escuelas y el 82% de las universidades del territorio han sido destruidas, y más de 720.000 niñas y niños han quedado fuera de la educación básica. No es un daño entre otros: es la destrucción de la infraestructura material que produce el futuro de un pueblo.

Esa cifra convive con otra. Más de 73.000 palestinos han muerto en la campaña militar israelí, entre ellos más de 20.000 niños, de acuerdo al Ministerio de Salud de Gaza, cifras que la ONU da por válidas, según reportó BBC News Mundo. Y convive con un tercer dato, que no aparece en los balances humanitarios: dos cineastas israelíes que documentaron esos bombardeos enfrentan un pedido de retiro de su ciudadanía por "traición contra el Estado".

La tesis de este medio es incómoda y hay que decirla con precisión: arrasar un sistema educacional completo no es un efecto residual de la guerra, es una forma de matar a un pueblo con más paciencia y menos cadáveres visibles. Lo que sigue no es un alegato: son los datos de esa destrucción y de los intentos de que no se cuente.

Un sistema educacional arrasado, con o sin "daño colateral"

Para dimensionar lo que reportó El Ciudadano no hacen falta adornos: primaria, secundaria y educación superior golpeadas en una proporción que ningún país ha conocido en un conflicto reciente. Un sistema completo, borrado.

El materialismo histórico aporta una clave que el lenguaje humanitario suele perder: la escuela no es un "servicio", es una relación social de producción y transmisión. En ella se reproducen los saberes, los oficios, la memoria y la capacidad colectiva de decidir. Arrasar las universidades equivale a interrumpir la formación de médicos, ingenieros, maestras y cuadros técnicos: la reconstrucción queda, por diseño, convertida en dependencia externa. Destruir las escuelas es atacar la reproducción de un pueblo en el tiempo, no solo en el espacio.

Eso no es una interpretación antojadiza. Como es sabido, el derecho internacional —contexto que este medio recuerda— incluye entre los actos de genocidio el "sometimiento deliberado" de un grupo a "condiciones de vida" calculadas para provocar su destrucción física, total o parcial. Una población sitiada, sin aulas, sin hospitales y sin capacidad de formar a su próxima generación entra de lleno en esa descripción. Si eso es daño colateral, el concepto ha perdido todo sentido.

La propia terminología militar lo delata. El documental Naza —título que proviene de un acrónimo militar hebreo que significa, precisamente, "daño colateral"— recoge los relatos de los sistemas de selección de objetivos basados en inteligencia artificial con que el ejército israelí bombardeó Gaza. El eufemismo no describe un accidente: administra una doctrina.

El problema no es la prueba: es el testigo

El ministro de Cultura de Israel, Miki Zohar, pidió retirar la ciudadanía a los codirectores israelíes del documental, Yuval Abraham y Rachel Szor, a quienes acusa de "traición contra el Estado", según BBC News Mundo. Ambos ganaron el Oscar en 2025 por No Other Land. Naza reúne los testimonios de 24 oficiales de inteligencia y militares israelíes no identificados; uno de ellos afirma que se autorizó un ataque para matar a 500 personas con el fin de eliminar "un solo objetivo humano". Las FDI calificaron esa acusación de "completamente falsa".

Perseguir al testigo revela el verdadero peligro para el proyecto de borrado: no la denuncia exterior, sino la quiebra de la narrativa desde dentro. Cuando los propios ciudadanos del Estado ocupante documentan la doctrina del "daño colateral", el eufemismo se desmorona. Retirarles la ciudadanía no busca corregir un dato; busca instaurar impunidad mediante el miedo. Se apaga la cámara para que la ruina parezca inevitable y el crimen no deje archivo.

La memoria como última trinchera

El borrado opera en dos frentes que se complementan: la liquidación material del futuro palestino sin aulas y la criminalización de quien intente registrarlo. Sin escuelas no hay mañana; sin testigos no hay juicio.

Frente a una violencia que no solo busca el control del territorio sino la amnesia del mundo, la educación y el archivo son actos de resistencia fundamental. Destruir los muros no borra el conocimiento mientras circule en la memoria colectiva, del mismo modo que retirar un pasaporte no elimina los fotogramas del horror. Nombrar y transmitir lo que ocurre es, en última instancia, la negativa a permitir que un pueblo sea borrado en silencio.

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